La vie en rose

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El título de este post puede parecer demasiado “ñoño” e incluso “cuqui”… Lo sabemos. Hoy no vamos a ilustraros con zapatos, vestidos de novia o decoración en rosa (que los hay, y bien monos). No. Hoy este post es para recordaros que la felicidad está en cada cosa que hacemos con la gente que amamos. Hacer lo que te gusta, disfrutar de una conversación, un beso o un simple abrazo. Estamos rodeados de gente que nos quiere y a menudo dejamos pasar momentos que algún día podamos echar en falta. Y para muestra, un relato de Elena. Nada como redescubrirse a una misma de vez en cuando para apreciar la felicidad.

La vie en rose!

“Hoy he encontrado una vieja libreta entre mis papeles. Las páginas están ya amarillentas, no sé si por el tiempo o por la humedad que hay en este pueblo. Paso las hojas y releo lo que hay escrito. Poesías, mías y de otros autores, relatos cortos, ideas, dibujos, impresiones… ¿Es mi letra esta que veo? La última entrada es del 13 de Agosto de 2007.

Miro el reloj de mi abuelo (¡cuánto te echo de menos!) y me fijo en el día que marca: 15. ¿Mes? Febrero. ¿De qué año? 2011… ¡2011! Pero, ¿desde cuándo no abro yo este cuaderno? Vuelvo al principio, a la primera hoja, y releo las palabras que hace cuatro años dejé escritas. Sí, son mías, no hay duda, pero me parecen tan lejanas, tan ajenas a mí. Sí, recuerdo que sentía algo parecido a lo que dicen estos escritos. Pero, ¿qué ha pasado con esos sentimientos?

Reflexiono. “Creo que he crecido”, me digo. Definitivamente, ya no soy una niña. La adolescencia tardía, la juventud temprana, todo se acabó. Recuerdo echar de menos a “mi hermana”, desear que la felicidad la acompañara. Ahora, parece que ya no hace falta. Recuerdo también escribirte a ti cartas de amor y poesía, expresar mis sentimientos con palabras escritas.

¿Por qué ahora son sólo lejanos recuerdos? ¿Por qué han desaparecido? ¿Por qué ya no escribo?

Sí, crecí y creo que durante un tiempo fui adulta. Una mujer, preocupada por el trabajo y el deseo de independencia, por crecer profesionalmente. Hasta que un día, como otro cualquiera, tuve que volver a escribir. Una carta para liberar pensamientos. Una carta para el corazón. Una carta para el alma. Una carta para decirle a la vida que es injusta y caprichosa. Una carta también para agradecer.

Una carta que debía llegar hasta el Cielo.

Entonces volví a ser niña otra vez, adolescente, joven y frágil. Dejaron de preocuparme el trabajo y la independencia y, por un momento, volvieron a mí los amigos lejanos, la familia, las palabras, tú y los poemas.

Entonces, volví a ser yo.”

 

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